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Colonia, al otro lado del río

Colonia, al otro lado del río

Para un observador poco avezado, Carmelo es un pueblo más; un nombre desconocido en el mapa mundial, que no aparece como escenario de revistas estivales ni como refugio vacacional de estrellas televisivas. Al menos, no públicamente. Pero lo cierto es que tanto esa ciudad como toda la costa oeste del departamento se han vuelto desde hace algunos años el escondite vip de empresarios y farándula rioplatense. Natalia Oreiro, Huberto Roviralta o la hija de Susana Giménez son algunas de las celebridades que han escogido ese rincón uruguayo para pasar sus vacaciones, invertir en uruguay o incluso vivir en uruguay de forma definitivamente. Pero muchos más son los ignotos que eligen tierras carmelitanas, con otro denominador común: un altísimo poder adquisitivo.

Una respetable lista de emprendimientos turísticos en carpeta o que ya han comenzado a construirse, y que se sumarán al de la cadena hotelera Four Seasons o el club de campo El Faro, no dejan dudas en ese sentido. Tampoco las canchas de golf y polo, adonde llegan jugadores por un día en lujosos yates o vuelos privados.

Sin embargo, la oferta del oeste coloniense es mucho más amplia, y accesible para bolsillos corrientes. A pocos kilómetros de Carmelo aparecen balnearios recónditos y extremadamente tranquilos cuyos visitantes ostentan la localía propia de la proximidad; la mayoría de los veraneantes por allí son colonienses o argentinos, aunque cada vez más aparecen europeos. Nueva Palmira, Punta Gorda, Zagarzazú, Las Barrancas: el litoral más cercano avanza lento pero seguro.

NATURALEZA histórica. Con 18.000 habitantes, Carmelo es la segunda ciudad en importancia de Colonia. Y como todo el departamento, derrocha historia. Entre sus mayores atractivos se cuentan el puente giratorio, primero y único a tracción humana que tiene Uruguay; la capilla y estancia Narbona, uno de los edificios más antiguos, construido en 1746; el puente Castells, el primer peaje del país; y el puerto de yates ubicado sobre el Arroyo de las Vacas, así llamado porque por allí habría cruzado Hernandarias el ganado. Las amarras del arroyo casi no dan abasto los fines de semana. El primero de este año, cuenta el subdirector de Turismo Pablo Parodi, el puerto recibió más embarcaciones que en la misma fecha de 2008.

Enfrente, se observa el Río de la Plata, adonde se bañan miles de carmelitanos cada verano. Menos concurrida es la playa de Nueva Palmira, unos kilómetros más al norte del departamento, siempre por la costa. Con 10.000 habitantes, la zona -que cuenta con el primer puerto granelero del país- es el lugar de veraneo propia de gente local, sobre todo elegido por personas mayores. También arriban argentinos en buen número, por su propia vía o mediante los viajes diarios que llegan desde Tigre.

Pero aún en pleno enero, sus costas respiran la más pura tranquilidad. En la primera quincena del año, las 120 plazas hoteleras de la localidad tenían un 60% de ocupación, indicó Parodi. A la vez, detalla que al puerto de Palmira arriban veleros en su mayoría.

Volviendo hacia Carmelo, se encuentra Punta Gorda, uno de los balnearios más destacados del oeste coloniense. Allí, más paz y vistas únicas. Si conduce hasta la costa, podrá llegar hasta el Rincón de Darwin, una zona arbolada con largas escaleras que bajan a la costa, bautizada así porque, se dice, en 1833 por esos lares anduvo el padre de la teoría de la evolución.

A escasos metros se encuentra la Pirámide de Solís, monumento que, a pesar de nombrar solamente a uno (el navegante murió en esos parajes), se debe a los descubridores de los tres ríos que allí confluyen y se pueden divisar desde ese alto punto: de la Plata, Uruguay y Paraná. Quien se hospede en el hotel que hay en el lugar podrá disfrutar de esa vista desde la piscina, si es que no prefiere las aguas que bañan la playa.

Un poco más al sur, y más cerca todavía de la ciudad carmelitana, está el balneario Zagarzazú, cuya geografía, plagada de pinos, recuerda a los de la Costa de Oro canaria, así como a los del propio este de Colonia, aunque con mucho menos visitantes y movida.

La mayoría de las casas de la zona son de propietarios de Carmelo, quienes veranean o bien alquilan como residencia permanente. Muchos inquilinos, de hecho, son empleados del hotel Four Seasons.

Cerca de allí se encuentra el aeropuerto internacional al que llegan unos 20 vuelos diarios con charters privados. Sus ocupantes llegan para jugar al golf o para hospedarse en el Four Seasons, cuenta el subdirector de Turismo Parodi.

Barrancas. Si viaja desde Carmelo hacia Colonia del Sacramento, vale la pena hacer una parada en el kilómetro 189 de la Ruta 21, doblar en dirección a la costa y recorrer seis kilómetros más.

El camino, sinuoso, demora la llegada. Pero el visitante no debe hacer más que seguir los carteles indicadores apostados en la vía de piedras para ubicar el nuevo destino: Parque Brisas del Plata.

Así se llama el enorme camping que se encuentra frente al río, varios metros sobre el mismo, que regala atardeceres de postal. Con picos de entre 150 y 200 personas los fines de semana, este parque siempre tiene lugar para una carpa más y el boca a boca es su mejor aliado. Aún cuando parece casi escondido a propósito, este año han llegado hasta allí suizos y yugoslavos, indica el conserje del lugar, Mario Rodríguez, aunque, al igual que sucede con los demás balnearios del oeste coloniense, la mayoría de los turistas son locales.

El Brisas del Plata está abierto desde fines de octubre y hasta Semana de Turismo, con un costo de 50 pesos por día, y los servicios propios de cualquier camping.

La playa, en tanto, tiene una particular característica: está custodiada por barrancas costeras (accidente dinámico debido a la erosión, que forma abruptas variaciones del nivel topográfico), similares a las de Kiyú o La Floresta. Para llegar, desde el camping, el visitante debe bajar por una escalera rodeada por arbustos entre los que asoman lagartos de un lado, y el costado de las barrancas por otro.

Una vez abajo, espera el río en todo su esplendor, entre piedritas y soledad. Entre semana, se encontrará a menos de una decena de personas tomando sol, y sin un sonido más que el ir y venir del agua.

Fuente: http://www.elpais.com.uy/Suple/DS/09/01/25/sds_394599.asp


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